Querido Zorrón

Lo Woke: El glamour de la víctima de clase media

todaymarzo 27, 2026 52

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En Chile, lo woke dejó de ser solamente un paquete de ideas. Hace rato se transformó en otra cosa. Una estética. Un código. Un tono de voz. Una forma de entrar a una pieza y dejar claro, sin decirlo de frente, que se pertenece al lado correcto de la historia.

Ese es el detalle.

No siempre opera como convicción. Muchas veces opera como señal.

Como un perfume caro.
Como una tote bag bien elegida.
Como una cita precisa dicha en el momento justo.
Como ese gesto medio cansado, medio pedagógico, con que cierta gente corrige al resto para que todos sepan que leyó más, entendió más y evolucionó más.

Lo woke, en su versión chilena, no solo funciona como moral. También funciona como símbolo de estatus de la clase media.

Y eso explica bastante.

Porque Chile siempre ha sido un país obsesionado con las jerarquías, aunque jure lo contrario. Antes el estatus se veía en el apellido, en el colegio, en la comuna, en la clínica, en el club, en el viaje, en el vino, en la forma de pronunciar ciertas palabras. Ahora, en ciertos círculos, también se ve en la superioridad moral. En manejar el vocabulario correcto. En indignarse con elegancia. En saber exactamente qué decir, cuándo decirlo y, más importante todavía, frente a quién decirlo.

Hay gente que no habla como habla porque piense así de verdad. Habla como habla porque ya entendió que ese registro da puntos.

Da prestigio.
Da pertenencia.
Da blindaje.
Da esa sensación tan adictiva de estar un peldaño arriba del resto.

Y en un país tan inseguro como Chile, donde la clase media vive mirando para arriba y diferenciándose de lo que considera ordinario, esa promesa pesa mucho.

Porque acá pasa algo bien particular. La clase media aspiracional mira a la academia woke como si fuera el Olimpo.  Ejemplos risibles como el de la periodista Karen Vergara, quien mira la academia no como un lugar donde se discuten ideas, se contrasta evidencia o se producen argumentos. No. Como un altar. Como una zona sagrada. Como una especie de aristocracia moral donde habitan los seres más evolucionados del país.

No los médicos.
No los abogados.
No los que construyen empresas, operan corazones o ganan juicios complejos.

Los más admirados, para cierto segmento, son los que manejan la teoría correcta, el concepto correcto, el paper correcto, la culpa correcta. Los que saben citar. Los que saben decir “problematizar” sin reírse. Los que hablan como si cada frase viniera bajando en ascensor desde una cumbre ética invisible.

El Olimpo, pero con seminarios.
El Partenón, pero con el pelo cortado con la chasquill de los huevones.
Para autopercibirse aristocracia hay que tener una culpa de clase bien redactada.

Y claro, para una clase media chilena que siempre ha necesitado nuevos altares frente a los cuales arrodillarse, esta academia viene perfecta. Terminar exponiendo en el congreso: el equivalente a presentarse en Broadway. Lo woke les ofrece -en apariencia- algo irresistible: prestigio, sofisticación y permiso para mirar al resto desde arriba.

Ese es el negocio emocional de fondo.

No se trata solo de tener ideas.
Se trata de parecer superior gracias a esas ideas.

Por eso tanta gente suena menos convencida que entrenada.
Menos viva que formateada.
Menos libre que alineada.

El fenómeno se nota mucho en ciertos barrios, ciertos medios, ciertas universidades, ciertas pegas creativas, ciertas marcas, ciertos paneles, ciertos perfiles de Instagram y bastante LinkedIn con delirio pedagógico. Gente que tal vez no haría una revolución ni aunque le estacionaran una al frente, pero que aprendió perfectamente a hablar como si viviera en combate permanente contra las grandes fuerzas de la opresión global. Y resulta tanto que para la clase trabajadora, la clase media woke ha comenzado a pasar por cuica.

No está mal tener ideas.
No está mal preocuparse por las injusticias.
No está mal revisar privilegios.

Lo insoportable empieza cuando todo eso se convierte en una credencial social.

Cuando la causa deja de ser causa y pasa a ser accesorio.
Cuando el dolor ajeno empieza a cotizar.
Cuando la cercanía simbólica con ciertas luchas da más rédito que cualquier acto real de decencia.
Cuando el lenguaje moral sirve más para ordenar la mesa social que para entender la realidad.

Entonces aparece el pequeño teatro chileno.

Quién puede hablar.
Quién debe callar.
Quién tiene legitimidad.
Quién tiene una biografía suficientemente certificada para opinar.
Quién viene con trauma incluido.
Quién necesita pedir perdón antes de abrir la boca.
Quién ya quedó viejo.
Quién no leyó el memo.
Quién todavía dice algo que en 2021 pasaba, pero en 2026 ya no.

Y en esa lógica, lo woke funciona menos como pensamiento que como casting.

No gana el más lúcido.
Gana el que domina mejor el código.

Eso explica muchas escenas absurdas de la vida pública chilena. Profesionales hiperprivilegiados hablando como si vivieran al borde del exterminio. Marcas descubriendo la justicia social justo en temporada de campaña. Medios adoptando un tono de pureza moral que no se condice ni con su historia ni con su estructura. Gente con poder real posando como si lo suyo fuera puro aguante simbólico.

Y también explica por qué tanta gente se cansó.

No necesariamente de las causas.
De la pose flaite.

No del deseo de justicia.
Del teatro cuma.

No de que existan problemas reales.
De que haya personas que usan esos problemas como una credencial premium.

Porque la verdad incómoda es esa: en ciertos sectores de Chile, lo woke da estatus. Mucho. Da un estatus nuevo, más cool que el del viejo cuico bruto, más refinado que el del profesional clásico, más vistoso que el del emprendedor exitoso. Es un estatus con barniz ético. Un estatus que además permite mirar al resto con una mezcla muy chilena de desprecio, pedagogía y autocomplacencia.

No solo se tiene razón.
Se tiene razón con lo que en un momento se veía como estilo.

Y eso, en redes sociales, vale oro.

Porque las redes no premian la duda. No premian la complejidad. No premian a quien piensa dos veces antes de hablar. Premian la señal clara. El tono correcto. La indignación lista para compartir. La frase que deja a otro abajo. La superioridad instantánea. Twitter es donde los imbéciles que nunca pudieron escribir un artículo se empezaron a sentir personas de medios.  Con 140 caracteres, cualquiera.

En ese ecosistema, la moral se vuelve visual.
Se vuelve performática.
Se vuelve branding.

Y cuando la moral se vuelve branding, inevitablemente aparecen los especialistas en empaquetarla.

Ahí entran los nuevos sacerdotes del Chile urbano: académicos de lenguaje impecable, activistas de salón, panelistas con tono de funeral moral, gente que detecta microviolencias con la rapidez con que antes otros detectaban marcas de relojes. Todo bien producido. Todo bien presentado. Todo muy nítido. Todo muy superior.

Por eso la academia, para cierta clase media, dejó de ser un espacio de pensamiento y se convirtió en un lugar de consagración. El académico woke ya no es solo alguien que estudia. Es alguien que reparte legitimidad. Decide quién está al día y quién llegó tarde. Quién está in y quién esta out. Quién pertenece al futuro y quién quedó tirado en el pasado como un electrodoméstico viejo.

Eso tiene algo de religión y todo de arribismo de cuarta. Una mezcla bien chilena, en el fondo. El deseo de ascender -que yo adoro y empujo en mi radio- pero que acá va acompañado del deseo de purificarse políticamente. Subir un peldaño y, al mismo tiempo, creerse mejor persona por haber subido.

Por eso cuesta tanto discutir este tema sin que alguien se ponga nervioso. Porque no se está tocando solo una ideología. Se está tocando una identidad social. Una forma de diferenciarse. Una manera de entrar a una sala y valer más que otros sin necesidad de mostrar plata, apellido o contactos. Pero, esa identidad es fragil. ¿Se acuerdan cuando en Karamanés nos decían que la masculinidad era frágil? Esta identidad es 10 veces más.

Porque el simbolo de estatus no es el Country.
No es el MBA.
No es viajar.
No es comer keto, la bici, el yoga, el café.

Para un segmento muy específico, es la pureza moral.

La pureza moral como accesorio.
La pureza moral como señal de refinamiento.
La pureza moral como pequeño lujo de clase media.

La pureza moral como el acto más siutico. Como un vinilo de Nataia Valdebenito. Provoca sonrisas condescendientes.

Prefiero escuchar a las colas referirse a la ensalada como «ella». Prefiero aspirar neopren.

Lo woke no vuelve falsas todas las causas. Sería demasiado fácil decir eso. Hay injusticias reales, desigualdades reales, abusos reales. El problema no son esas realidades. El problema es la cantidad de gente que descubrió que puede verse fantástica hablando de ellas, aunque no arriesgue nada, no construya nada y no cambie demasiado fuera de su burbuja. Los PDF de Karina Vergara por ejemplo, para Derechos Digitales, no son como los de Fundacion Chile. O los de Comunidad Mujer, por decirlo de una manera en la que no me cancelen.

En Chile, ese personaje se repite mucho ahora.

Se reconoce al tiro.
Habla con tono de cátedra.
Tiene un vocabulario importado.
Confunde corrección con profundidad.
Y mira a la academia woke como los huevones, como los otros miraban antes a los doctores de clínica privada o a los apellidos antiguos.

Con reverencia.
Con aspiración.
Con ganas de pertenecer.

Tal vez por eso lo woke, en su versión más insufrible, no se siente como una revolución. Se siente como otra forma de esnobismo.

He encontrado más verdad en una plaza, con una mantenida dueña de casa  burguesa. Las diosas domésticas como les digo.

Son mas nobles.
Son más inteligentes.
Menos maqueteadas.

Con mejor marihuana.

Y con cero de ese olor del que puedes correr pero no puedes arrancar: el ya claustrofóbico olor a raja.

Fuck the woke, bro. Fuck the woke.

Escrito por José Miguel Villouta

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